Como cuando
aniquilan tu lengua.
Como cuando
el hambre anida
en tus vísceras gélidas.
Como cuando
te arrebatan el aliento único
y acabas asfixiada.
Me duele el dolor
de abrir la boca
y crezcan las frases
a zancadas.

Como cuando
aniquilan tu lengua.
Como cuando
el hambre anida
en tus vísceras gélidas.
Como cuando
te arrebatan el aliento único
y acabas asfixiada.
Me duele el dolor
de abrir la boca
y crezcan las frases
a zancadas.

Desde hace mucho tiempo sólo el color azul se aloja en mi corazón, como huérfano que halló un cálido rincón para abrigarse. Pero, a estas alturas, me parece que le agrada quedarse dentro de mí. Si no fuera suficiente con pintarme de azul y llover sobre todas mis tardes, se aferra a mí con uñas y dientes cada noche, como si temiera que lo fuera a arrancar de aquí dentro. Luego descubrí que, desde que cargo ese azul, camino con la mirada baja y “los colores se tiñen de gris”. Lo peor es que ya no sé qué hacer para sacudírmelo porque, cada que lo reprendo o que lo intento correr, como que se emberrincha y se esconde tras mis historias (pues cualquier historia es buena para escabullirse): que la madre, que la exnovia, que la vida o el trabajo; he llegado a encontrar mis fotografías rotas o las cenizas de los recuerdos esparcidas por el suelo.
Entonces, como nunca lo atrapo ni lo calmo ni logro expulsarlo de mí, sólo me queda abrazarlo y dejar que permanezca conmigo otra mañana más, cuando recargo la cabeza contra el vidrio del transporte rumbo al trabajo; y otra tarde, cuando vuelvo a casa mientras llueve sobre el mundo; y otra noche, cuando me acuesto entre la oscuridad de mi habitación y que pierdo la noción de aquí. Así es como me torné en azul; desde entonces vago por las calles grises de la ciudad mientras lo llevo dentro columpiándose en mi corazón. Ha sido más fácil acostumbrarme a su presencia que combatirlo.
Es por esto que le pido, amable lector, que, cuando me vea, me visualice con un gorrito blanco y abultado, como el de los pitufos, para que su risa lo proteja de mi azul; y, por favor, le suplico que aloje otros colores en mi corazón.


Errante por el desierto me vió
Yo olía a semen y llanto
Todo lo había perdido
lo que nunca tuve
Cada una de las joyas prestadas
Cada uno de los hijos prometidos
Todos mis cabellos y todos mis dientes
Yo soy voz
Todo siempre lo hice mal
Perder fue mi única causa
y soñar
Todas sus ondas y sus olas cayeron sobre mí
Su bandera sobre mí fue amor
Amor que desgaja los montes
Amor que hace saltar los cedros del Líbano
Amor más fuerte que la muerte
Amor que anega la tierra y hace morir
Puso sitio alrededor de mí
Usó arietes,
derribó las puertas
Yo huí atravesando el muro
El rostro cubierto y con un paño de lágrimas
Fui atrapada arrastrada
Mataron a mis hijos y luego sacaron mis ojos
Dentro las murallas sólo había hambre
Cuerpos pequeños y grandes
Miserias humanas y animales
Estupidez y crimen
Yerros derrumbes ruinas
Nada valía la pena ni siquiera valía el fuego
Yo soy voz
Yo era como una burra en brama
Como beduina hecha al desierto
Errante como serpiente
Un animal venenoso e indómito
Me ató con cuerdas un año de mi lado derecho
Otro año de mi lado izquierdo
Ató mi lengua
Me dió a comer pan de quebranto
Y a tomar mi propia orina
Todas tus ondas y tus olas pasaron sobre mí
Me hiciste agachar y que cabalgaran hombres sobre mi cabeza
No viste mis gestos
Cerraste el oído a mi gemir
¿He de escapar sólo con la piel de mis dientes
Tienes tu carne humana
Sientes cómo lo hago yo
No estás más alto que las nubes
No que los cielos de los cielos no te pueden atrapar
por qué me cercas, me flechas y me abates?
¿por qué peleas conmigo?
¿de qué forma puedo herirte yo a ti?
Pusiste mis errores a la luz de tu rostro
Todos mis días son ocaso a causa de tu enojo
Déjame al menos tragar mi saliva en paz
Déjame tomar el tiesto y arrancarme la carne
Aléja tu rostro de mí
Detén tu mano
Para de azotarme
Ya no soy más que un gusano
Yo soy voz
Un fantasma entre la arena
Yo soy voz
Un eco que le grita a los escorpiones
Yo soy voz
Canciones de amor que alucinan a los viajantes
Las caravanas pierden el rumbo al escuchar
Yo soy voz
¿Quieres tomarme? Nada queda
Apila los huesos
Los pedazos de carne
Hígado riñones corazón pulmones
Y hazlo arder
Subirá del altar un grito de esperanza
Una canción de libertad
Una melodía inaudita
Lo único que siempre fui

Te sueltas en un alud de arenas
y te sostengo
con mi enclave de piedras.
Tus pupilas terrosas,
tus respiros
de polvo adormilado,
tus burbujeos
de lodo que se seca.
Rozas, bajas, la montaña
en tu sueño
de tierra erosionada.
Un charco de labios da pausa
a las siestas brumosas,
que incorporan tu relieve jocoso
de finita inmaterialidad.
En contracciones de tierra muerta
gasificas tu potencial de concreto
diluyéndote en inconsciencia
Mientras mi mano sostiene una cabeza
Que de tu cuerpo rocoso
se despeñó.
Soplas tu sustancia
de minerales y piel muerta.
Inhalo tu naturaleza fallida
y en mis pulmones
sedimenta una persona dormida.

I
En la penumbra de la alborada las campesinas
sacuden la neblina blanca de las sábanas
despejan la tibieza del camastro y se dirigen al molino.
Llevan todavía los sueños pegados al pelo.
Con sus ojos semicerrados, unas atrás de las otras, miran
la bestia de metal que tiembla y ruge con potencia, miran
que entre sus muelas se deshace el grano de maíz.
El calor y ruido del molino disipa la madrugada.
Dispuestas están las manos de las mujeres.
Sus carnes de maíz negro, suave como la masa
de maíz negro los brazos y piernas.
Pájaros pequeños que buscan la libertad son sus bocas
desdibujándose con la luz del sol.
Una brizna de luz en el canto que redime a la espiga densa.
La mazorca penetró sus cuerpos, sus flores coronaron la palabra
que no morirá como la raíz del pueblo que nunca muere
—de maíz— todas ellas, incendian la radical palabra
con el aliento que vivifica al mundo.
De olor se llenó su cuerpo y empezaron a brotar las flores
día y noche perduraron sin ir a ninguna parte
alimentándose del polen multiplicado por su audacia.
Algunas quedaron enredadas en la milpa
tórtolas desvalidas.
Días y noches caminaron queriendo encontrarse.
Y aprendieron a quererse a sí mismas.
Se convirtieron en sonrientes mazorcas que reían
de todo y por nada, poco fue el placer y mucho el tiempo
atadas al cordón umbilical, sin poder humano que lo cortara.
Ayes de mujeres verdaderas escuchándose por doquier,
llovían piedras sobre sus cuerpos de maíz ajado.
Y comenzaron a cantar.
Muchas aprendieron a afinar sus gargantas con los rayos del sol,
ya no eran ayes los que se escuchaban, sino claras melodías
irrumpiendo en el misterio de la vida.
II
Llegó en seco el hachazo del entendimiento
en la silente madrugada,
andaban tras la pista de su origen,
con los pies desnudos y maniatadas.
Se llevo a la boca un pedazo de tortilla
para calmar el aturdido corazón,
¿cómo asir la frágil cuerda de la vida?
¿Dónde la firme existencia?.
se preguntaba tan cerca de sí misma,
en el camino a la Realidad.
Cruzaron el río, tanteando con las plantas de los pies
las piedras, escupidas por algún volcán
en los campos filamentosos de materia.
Fosforecente anuncio de la filosofía de la roca. No hay vuelta atrás.
Lascas en el río se entierran y agujeran su piel.
Deja que fluya la salina lluvia transparente de tus ojos.
Llora, no contengas la emoción.
Llevan dentro de si el dolor que viaja al interior
para encontrar salida.
No reprimas el sentimiento,
no impidas al corazón su impulso vital.
Llora, no contengas las lágrimas que saltan al encuentro del remedio
para sosegar al quebranto.
No estás sola en este viaje mujer,
las luciérnagas te acompañan
iluminando la oscura noche endemoniada.
III
Mira como brota y sonríe, en el talle de la caña la mazorca
con su falda verde tierno, se ha vestido para mirar al sol.
Somos más que una historia mágica que rinde frutos con la lluvia
abuela del sol, mira la flor que nace en la milpa y se mece con el viento
entre tus piernas, en tu falda, entre las plantas y seres palpitantes
que están sobre la tierra
hijas-madres-hermanas-abuelas,
mujeres en el camino, de maíz somos.
Haciendo camino las cantoras
en la oscura soledad tansgredida,
llevan entre los pechos
el valor teñido en rojo.
Se vislumbra una luz difusa,
y hacia ella dirigen la mirada.
Escucharán la memoria de la abuela sol, de la abuela viento,
de la abuela luna, de la abuela luz y develarán el canto
para aprender la sutileza de sus palabras
que saben todos los secretos de nosotras,
mujeres de maíz.
IV
Amenazantes filos invernales caen en esta tarde silente
y plomizo el corazón de maiz lleva un frío en su interior
crece y se multiplica entumecida su voz a la consulta
¿Quién que no es pájaro podrá volar?
El tallo de maíz la llama con movimientos trepidantes de sus hojas
abrígalo en tu regazo, abrázalo con tu corazón,
de maíz somos.
Abuela de la luz, me pregunto
¿Dónde estoy? ¿Qué mundo vine a habitar?
¿Lo quise yo? ¿fue el destino?
Abuela del sol uno no elige nacer, las circunstancias lo determinan.
¿Y que son las circunstancias? ¿Quién las determina?
¿tú, ellos, nosotros? ¿Quién?
Dimelo tú abuela de la luz, no nos abandones.
V
La luz y el humo del copal husmean sus caras
un zumbido de enjambre son sus voces cuando oran
las mujeres de maíz vestidas de palabras que caminan
con el verbo, sobre las manos, en los ojos y en la piel, ellas
con su clamor en la palabra que vuela y se posa en los oídos
hablan en la lengua madre, de la sabiduría dolorosa de los fieros días.
Inflorescencias en las sombras que juegan con los designios del corazón

y los untó con aceite de ciervo apuñalado
en medio de la noche.
Quién dice no importa más que esta palabra
que te mece de frío a trópico de pasión a muerte.
Quién dijo asomarse a la orilla del mundo, descubrir
quién dijo descubrir la piel caída de costado
la piel y carne viva al margen de todas las fronteras.
Quién dijo eso es el hombre, solo eso es el hombre.
Quién te tocó la boca y los dientes
para que aprietes la palabra y la rompas sobre la hoja.
Quién te sopló en el pecho y en los ojos
para que con eso te sea suficiente.
De “Los nombres de la herida

Ese hombre era todo lo que quería
pero no pude comprarlo
porque no tenía precio
y los hombres que se venden
dejan automáticamente de interesarme
no pude poseerlo
porque no alcanzaban mis brazos
para abrazar su intelecto
su llanto
su risa su pasión
su gesto introspectivo
y fue una suerte
porque los hombres fácilmente poseíbles
dejan automáticamente de interesarme
no pude retenerlo
porque si abría la ventana
se iba con los pájaros del árbol más frondoso
de mi patio
(anidaba en los álamos altos
y anaranjados del otoño)
y a mI
me encanta tener
una casa de ventanas abiertas
y los hombres “que no saben volar “
como dice Girondo
dejan automáticamente de interesarme
ese hombre era todo lo que deseaba
mi piel entre sus manos era un libro
que se abría ante el mundo
y en mi cuerpo escribía bitácoras
de sus futuros viajes
lo sé porque de tanto acariciarme
mi piel está más suave
y los hombres que no aman la piel
de una mujer
dejan automáticamente de interesarme
ese hombre se fue sin decir nada
no sé si lo soñé
porque los hombres que sueño
son tan imposibles
que automáticamente dejan de interesarme

Nunca fue un pétalo avanzando dentro de su tiempo en los jardines que añora la flor,
ni más acá, ni en ningún lugar estalla en rayo como una luz,
que la atraviesa de pura invención de sonreírle a la tibieza de su propia sombra.
Se sube a veces la verdad,
/que es el camino/.
Un lago inmenso de la noche
trata de entender lo claro
conspirar contra lo invencible
para arder como despierta.
Y cuando esto ocurre se acerca despacio
a las voces de los niños, esa que sabe nadar entre la niebla y el olvido.
Un perder y un encontrarse son las letras del poema, ese conjunto de palabras
donde la tierra vive como resabio de lo que está oculto a cualquier ojo.
Pero también hay hastío
equivocaciones que se hacen desvelo
impedimento de pintar las estrellas del monte,
el atajo silencioso y todo parece una mentira.
Sin embargo llegaron ellos como espectros de puro sol
traían la vida en los hombros
desde los rincones del mundo
volviendo del pasado envueltos en vientos del Egeo navegadores del cielo
argonautas del presente para decirnos quiénes somos.

(Para quienes en medio de la tempestad, aún creen)
“La esperanza es el único bien común a todos los hombres, los que todo lo han perdido la
poseen aún”.
Tales de Mileto
Mamá:
Tal vez hicimos mal en irnos a dormir en los brazos
de breves periodos de paz;
a la batalla contra las penumbras
le salen diez cabezas por cada una que fue cegada
y las municiones se agotan.
Y parece que es sólo
cuando escuchamos las alarmas,
tememos la sangre,
soñamos el colapso de nuestros hogares,
el silencio pesa cien toneladas
y la umbra, la umbra es un monstruo mitológico dándonos una golpiza;
que el rugido se eleva
y el idiota vuelve a reírse de quienes no se cansan de gritar.
Salimos corriendo y quisiera que mis brazos se alargaran lo suficiente
para proteger todo aquello que me importa
y pronuncio
con todo el amor que me fue dado.
¿Qué sentido tendría entonces
haberle hablado a Fernanda de cuatro abrazos
si mi empatía no fuese ni siquiera una décima parte
de las palabras que he tratado de cuidar?
¿Cómo voy a ir por el mundo sosteniendo la misma careta
que mis hermanos se encargan de quitarle a otros?
¿Cómo puedo pedir que se detonen mil palabras
si estas granadas en mis labios
ni siquiera han sido lanzadas?
¿Cómo se honra el legado de quienes estuvieron
antes que yo y fueron forjando el camino
sin al menos un rastro diminuto de sangre en las andanzas
o dejar un par de noches abandonadas
por seguir buscando a quienes amamos?
No, definitivamente si no hubiera ascensos y caídas
no hubiera saboreado ciertos besos
o derramado algunas lágrimas;
se ha dicho que si se ama la rosa
también deberá amarse con todas las fuerzas a la espina
Este es el paso de una historia hecha tinta
y tinta vuelta letra,
letra
que no sería precisamente la que es
sin haberse desnudado el alma una noche cualquiera
y llorado de rabia
y escupido bilis
y regurgitado lo negro
hasta volverse espina en el ojo del hipócrita,
y desear que el dolor
de esta indiferencia que cada día se anida
en cada vez más corazones
no le sea devuelta a sus sembradores
en medio del sufrimiento.