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Mi Terremoto/Debora Hadaza                                                     

10/10/2017 23:04
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Llegué de imprimir, me quité la bolsa del hombro, la puse en el sillón, iba entrar a la cocina. Lo escuché.

Es difícil escribir de esto. Uno tiene la tragedia atravesada en la garganta, no la de uno, la de todos, la del país. ¿Con qué derecho hablar de mi miedo, de mi nada, si hay quién se quedó sin casa, sin hijos, sin vida? ¿Con qué derecho hablar de solidaridad y hermandad si todo lo vi desde la comodidad de mi internet?

Lo escuché, me detuve entre la sala y la cocina unos segundos o tal vez minutos. Algo entre crujir y clamor, algo que empezó a gritar como un monstruo o una máquina, algo que daba dolor y terror. Un segundo antes de que empezaran las percusiones me paré bajo el dintel de la puerta, instintivamente, a dos o tres segundos, corriendo, de la puerta de la calle. Y comenzaron, ventanas, jaulas, libros, cuadros, cortinas, trastes, a mecerse locamente, y luego a brincar. La camioneta en mi cochera se resistía al exorcismo de la tierra brava, pensé que iba a levitar.


Apenas pude me conecté a Facebook. En mi casa no hubo luz, teléfono, ni internet por hora y media más o menos. Ya había hablado con mi esposo y mis padres. La primera llamada de auxilio que vi fue para la escuela Enrique Rebsamen. De ahí en adelante todo fue una convocatoria a todos, a quien estuviera,  a ayudar, informar, dar.

Dije que la puerta de la calle estaba a dos o tres segundos corriendo. Bajo el dintel supe que si eso duraba más todo se iba a caer, no sólo las cosas sino la casa, mi mente anticipó el derrumbe que no llegó, pude sentir en mi imaginación el dolor de mi cuerpo aplastado bajo el escombro, morir de golpes. Por primera vez en mi vida supe que podía morir, la muerte por primera vez se me hizo factible. La puerta estaba cerca y tal vez hubiera podido correr o al menos caminar entumida, pero supe también que si todo se caía quería morir viéndolo, quería ver el techo romperse y la tierra abrirse, quería morir bajo la loza, entre escombros, volver al polvo rota con toda la demás materia. Era una certeza más fuerte que el miedo, más bien esa certeza era una curiosidad que enmudeció al miedo. 

Después volví a pensar, si dura tanto como el pasado, el del 7, todo se va a caer, y no pensé en la casa, pensé en México, en la ciudad, en las casas, en la gente, en todas esas vidas que no querían ver el derrumbe, que no querían morir. Entonces empecé a rogar misericordia, Señor para esto ya, ten misericordia de la gente, ten misericordia de mi país. El tiempo se hace elástico, sé que no duró mucho. A uno o dos minutos de que paró el brincoteo tocó la puerta mi cuñada, le dije estoy bien. No quería moverme, no quería salir aún de ese romance a distancia con la muerte. Me gritó que fuéramos por mi hija a la escuela. 

Ahí empecé yo a temblar. En mi siniestra epifanía no pensé en mi hija, no me dolió morir, ni tuve dolor por dejarla huérfana. No pensé en mis padres, ni en mi hermano, no pensé en nadie más que en mi, y luego pensé en todos, en todos los que no conozco. Cuando mi cuñada mencionó a mi hija mi cuerpo tembló porque tuve miedo de haberla perdido, de que eso que me seducía me la hubiera quitado para siempre. Eso sí ya lo había sentido antes, la amenaza de que me la arrebataran, de no poder sacarla, de que se fueran con ella. De todos los temores sentidos en mi vida no hay ninguno peor. Mi cuñada manejó como loca, llegamos a la escuela y mi hija estaba en el patio, su maestra tenía los ojos llorosos, y mientras yo abrazaba a mi hija pensé en la suya, en una bebita que ella, la maestra, no podía abrazar por más que el ansia se la comiera. Me dieron ganas de abrazarla, de pasarle un poco de la paz corporal que yo sentí al cargar a mi hija. Y es que es eso, miedo y paz corporales y epidérmicos, sólo el contacto o la ausencia de tu mayor tesoro terrenal te los pueden dar. Aferrada al pequeño cuerpo de mi hija se acabó el temblor, aunque se rompiera el mundo ya no me la quitarían

Facebook en la computadora, en el celular, Aristegui en el celular, videos, llamadas de auxilio, noticias, fotos, dolor, dolor, dolor, amor, llanto que no sale a mares porque tiene miedo de hacer inundación del derrumbe. Impotencia y consuelo al ver a los que sí pudieron estar, consolar, abrazar, alimentar, cuidar. Sentirse tan inútil porque el mundo se cae y tú no tienes palas y sí la pata amarrada a la casa. El llanto, la tristeza se multiplican y te duelen esos que no conoces, esos niños que no viste en el patio de la escuela de tu hija, esas bebitas y bebitos, esos esposos, esas amigas, novios, madres, tías, hermanas y hermanos ajenos y a la vez tan tuyos, tan raza tuya.

Mamá llegaba al otro día, una parte de mí anhelaba verla y la otra tenía mucho miedo. Quería llamarle y decirle mami quédate allá, quédate a salvo, acá sí cruje la tierra, acá todo brinca, acá estás en riesgo.


Llegué de imprimir, me quité la bolsa del hombro, la puse en el sillón, iba entrar a la cocina. Lo escuché.

Es difícil escribir de esto. Uno tiene la tragedia atravesada en la garganta, no la de uno, la de todos, la del país. ¿Con qué derecho hablar de mi miedo, de mi nada, si hay quién se quedó sin casa, sin hijos, sin vida? ¿Con qué derecho hablar de solidaridad y hermandad si todo lo vi desde la comodidad de mi internet?

Lo escuché, me detuve entre la sala y la cocina unos segundos o tal vez minutos. Algo entre crujir y clamor, algo que empezó a gritar como un monstruo o una máquina, algo que daba dolor y terror. Un segundo antes de que empezaran las percusiones me paré bajo el dintel de la puerta, instintivamente, a dos o tres segundos, corriendo, de la puerta de la calle. Y comenzaron, ventanas, jaulas, libros, cuadros, cortinas, trastes, a mecerse locamente, y luego a brincar. La camioneta en mi cochera se resistía al exorcismo de la tierra brava, pensé que iba a levitar.


Apenas pude me conecté a Facebook. En mi casa no hubo luz, teléfono, ni internet por hora y media más o menos. Ya había hablado con mi esposo y mis padres. La primera llamada de auxilio que vi fue para la escuela Enrique Rebsamen. De ahí en adelante todo fue una convocatoria a todos, a quien estuviera,  a ayudar, informar, dar.

Dije que la puerta de la calle estaba a dos o tres segundos corriendo. Bajo el dintel supe que si eso duraba más todo se iba a caer, no sólo las cosas sino la casa, mi mente anticipó el derrumbe que no llegó, pude sentir en mi imaginación el dolor de mi cuerpo aplastado bajo el escombro, morir de golpes. Por primera vez en mi vida supe que podía morir, la muerte por primera vez se me hizo factible. La puerta estaba cerca y tal vez hubiera podido correr o al menos caminar entumida, pero supe también que si todo se caía quería morir viéndolo, quería ver el techo romperse y la tierra abrirse, quería morir bajo la loza, entre escombros, volver al polvo rota con toda la demás materia. Era una certeza más fuerte que el miedo, más bien esa certeza era una curiosidad que enmudeció al miedo. 

Después volví a pensar, si dura tanto como el pasado, el del 7, todo se va a caer, y no pensé en la casa, pensé en México, en la ciudad, en las casas, en la gente, en todas esas vidas que no querían ver el derrumbe, que no querían morir. Entonces empecé a rogar misericordia, Señor para esto ya, ten misericordia de la gente, ten misericordia de mi país. El tiempo se hace elástico, sé que no duró mucho. A uno o dos minutos de que paró el brincoteo tocó la puerta mi cuñada, le dije estoy bien. No quería moverme, no quería salir aún de ese romance a distancia con la muerte. Me gritó que fuéramos por mi hija a la escuela. 

Ahí empecé yo a temblar. En mi siniestra epifanía no pensé en mi hija, no me dolió morir, ni tuve dolor por dejarla huérfana. No pensé en mis padres, ni en mi hermano, no pensé en nadie más que en mi, y luego pensé en todos, en todos los que no conozco. Cuando mi cuñada mencionó a mi hija mi cuerpo tembló porque tuve miedo de haberla perdido, de que eso que me seducía me la hubiera quitado para siempre. Eso sí ya lo había sentido antes, la amenaza de que me la arrebataran, de no poder sacarla, de que se fueran con ella. De todos los temores sentidos en mi vida no hay ninguno peor. Mi cuñada manejó como loca, llegamos a la escuela y mi hija estaba en el patio, su maestra tenía los ojos llorosos, y mientras yo abrazaba a mi hija pensé en la suya, en una bebita que ella, la maestra, no podía abrazar por más que el ansia se la comiera. Me dieron ganas de abrazarla, de pasarle un poco de la paz corporal que yo sentí al cargar a mi hija. Y es que es eso, miedo y paz corporales y epidérmicos, sólo el contacto o la ausencia de tu mayor tesoro terrenal te los pueden dar. Aferrada al pequeño cuerpo de mi hija se acabó el temblor, aunque se rompiera el mundo ya no me la quitarían

Facebook en la computadora, en el celular, Aristegui en el celular, videos, llamadas de auxilio, noticias, fotos, dolor, dolor, dolor, amor, llanto que no sale a mares porque tiene miedo de hacer inundación del derrumbe. Impotencia y consuelo al ver a los que sí pudieron estar, consolar, abrazar, alimentar, cuidar. Sentirse tan inútil porque el mundo se cae y tú no tienes palas y sí la pata amarrada a la casa. El llanto, la tristeza se multiplican y te duelen esos que no conoces, esos niños que no viste en el patio de la escuela de tu hija, esas bebitas y bebitos, esos esposos, esas amigas, novios, madres, tías, hermanas y hermanos ajenos y a la vez tan tuyos, tan raza tuya.

Mamá llegaba al otro día, una parte de mí anhelaba verla y la otra tenía mucho miedo. Quería llamarle y decirle mami quédate allá, quédate a salvo, acá sí cruje la tierra, acá todo brinca, acá estás en riesgo.