Étiquette : Debora Hadaza

  • Yo soy voz (estruccturada)/Débora Hadaza

    Yo soy voz (estruccturada)/Débora Hadaza

     

    Errante por el desierto me vió

    Yo olía a semen y llanto

    Todo lo había perdido

    lo que nunca tuve

    Cada una de las joyas prestadas

    Cada uno de los hijos prometidos

    Todos mis cabellos y todos mis dientes

    Yo soy voz

    Todo siempre lo hice mal

    Perder fue mi única causa

    y soñar

    Todas sus ondas y sus olas cayeron sobre mí

    Su bandera sobre mí fue amor

    Amor que desgaja los montes

    Amor que hace saltar los cedros del Líbano

    Amor más fuerte que la muerte

    Amor que anega la tierra y hace morir

    Puso sitio alrededor de mí

    Usó arietes,

    derribó las puertas

    Yo huí atravesando el muro

    El rostro cubierto y con un paño de lágrimas

    Fui atrapada arrastrada

    Mataron a mis hijos y luego sacaron mis ojos

    Dentro las murallas sólo había hambre

    Cuerpos pequeños y grandes

    Miserias humanas y animales

    Estupidez y crimen

    Yerros derrumbes ruinas

    Nada valía la pena ni siquiera valía el fuego

    Yo soy voz

    Yo era como una burra en brama

    Como beduina hecha al desierto

    Errante como serpiente

    Un animal venenoso e indómito

    Me ató con cuerdas un año de mi lado derecho

    Otro año de mi lado izquierdo

    Ató mi lengua

    Me dió a comer pan de quebranto

    Y a tomar mi propia orina

    Todas tus ondas y tus olas pasaron sobre mí

    Me hiciste agachar y que cabalgaran hombres sobre mi cabeza

    No viste mis gestos

    Cerraste el oído a mi gemir

    ¿He de escapar sólo con la piel de mis dientes

    Tienes tu carne humana

    Sientes cómo lo hago yo

    No estás más alto que las nubes

    No que los cielos de los cielos no te pueden atrapar

    por qué me cercas, me flechas y me abates?

    ¿por qué peleas conmigo?

    ¿de qué forma puedo herirte yo a ti?

    Pusiste mis errores a la luz de tu rostro

    Todos mis días son ocaso a causa de tu enojo

    Déjame al menos tragar mi saliva en paz

    Déjame tomar el tiesto y arrancarme la carne

    Aléja tu rostro de mí

    Detén tu mano

    Para de azotarme

    Ya no soy más que un gusano

    Yo soy voz

    Un fantasma entre la arena

    Yo soy voz

    Un eco que le grita a los escorpiones

    Yo soy voz

    Canciones de amor que alucinan a los viajantes

    Las caravanas pierden el rumbo al escuchar

    Yo soy voz

    ¿Quieres tomarme? Nada queda

    Apila los huesos

    Los pedazos de carne

    Hígado riñones corazón pulmones

    Y hazlo arder

    Subirá del altar un grito de esperanza

    Una canción de libertad

    Una melodía inaudita

    Lo único que siempre fui

     

    Biografia

  • Mi Terremoto/Debora Hadaza

    Mi Terremoto/Debora Hadaza

    Llegué de imprimir, me quité la bolsa del hombro, la puse en el sillón, iba entrar a la cocina. Lo escuché.

    Es difícil escribir de esto. Uno tiene la tragedia atravesada en la garganta, no la de uno, la de todos, la del país. ¿Con qué derecho hablar de mi miedo, de mi nada, si hay quién se quedó sin casa, sin hijos, sin vida? ¿Con qué derecho hablar de solidaridad y hermandad si todo lo vi desde la comodidad de mi internet?

    Lo escuché, me detuve entre la sala y la cocina unos segundos o tal vez minutos. Algo entre crujir y clamor, algo que empezó a gritar como un monstruo o una máquina, algo que daba dolor y terror. Un segundo antes de que empezaran las percusiones me paré bajo el dintel de la puerta, instintivamente, a dos o tres segundos, corriendo, de la puerta de la calle. Y comenzaron, ventanas, jaulas, libros, cuadros, cortinas, trastes, a mecerse locamente, y luego a brincar. La camioneta en mi cochera se resistía al exorcismo de la tierra brava, pensé que iba a levitar.

     

     

    Apenas pude me conecté a Facebook. En mi casa no hubo luz, teléfono, ni internet por hora y media más o menos. Ya había hablado con mi esposo y mis padres. La primera llamada de auxilio que vi fue para la escuela Enrique Rebsamen. De ahí en adelante todo fue una convocatoria a todos, a quien estuviera,  a ayudar, informar, dar.

    Dije que la puerta de la calle estaba a dos o tres segundos corriendo. Bajo el dintel supe que si eso duraba más todo se iba a caer, no sólo las cosas sino la casa, mi mente anticipó el derrumbe que no llegó, pude sentir en mi imaginación el dolor de mi cuerpo aplastado bajo el escombro, morir de golpes. Por primera vez en mi vida supe que podía morir, la muerte por primera vez se me hizo factible. La puerta estaba cerca y tal vez hubiera podido correr o al menos caminar entumida, pero supe también que si todo se caía quería morir viéndolo, quería ver el techo romperse y la tierra abrirse, quería morir bajo la loza, entre escombros, volver al polvo rota con toda la demás materia. Era una certeza más fuerte que el miedo, más bien esa certeza era una curiosidad que enmudeció al miedo. 

    Después volví a pensar, si dura tanto como el pasado, el del 7, todo se va a caer, y no pensé en la casa, pensé en México, en la ciudad, en las casas, en la gente, en todas esas vidas que no querían ver el derrumbe, que no querían morir. Entonces empecé a rogar misericordia, Señor para esto ya, ten misericordia de la gente, ten misericordia de mi país. El tiempo se hace elástico, sé que no duró mucho. A uno o dos minutos de que paró el brincoteo tocó la puerta mi cuñada, le dije estoy bien. No quería moverme, no quería salir aún de ese romance a distancia con la muerte. Me gritó que fuéramos por mi hija a la escuela. 

    Ahí empecé yo a temblar. En mi siniestra epifanía no pensé en mi hija, no me dolió morir, ni tuve dolor por dejarla huérfana. No pensé en mis padres, ni en mi hermano, no pensé en nadie más que en mi, y luego pensé en todos, en todos los que no conozco. Cuando mi cuñada mencionó a mi hija mi cuerpo tembló porque tuve miedo de haberla perdido, de que eso que me seducía me la hubiera quitado para siempre. Eso sí ya lo había sentido antes, la amenaza de que me la arrebataran, de no poder sacarla, de que se fueran con ella. De todos los temores sentidos en mi vida no hay ninguno peor. Mi cuñada manejó como loca, llegamos a la escuela y mi hija estaba en el patio, su maestra tenía los ojos llorosos, y mientras yo abrazaba a mi hija pensé en la suya, en una bebita que ella, la maestra, no podía abrazar por más que el ansia se la comiera. Me dieron ganas de abrazarla, de pasarle un poco de la paz corporal que yo sentí al cargar a mi hija. Y es que es eso, miedo y paz corporales y epidérmicos, sólo el contacto o la ausencia de tu mayor tesoro terrenal te los pueden dar. Aferrada al pequeño cuerpo de mi hija se acabó el temblor, aunque se rompiera el mundo ya no me la quitarían

    Facebook en la computadora, en el celular, Aristegui en el celular, videos, llamadas de auxilio, noticias, fotos, dolor, dolor, dolor, amor, llanto que no sale a mares porque tiene miedo de hacer inundación del derrumbe. Impotencia y consuelo al ver a los que sí pudieron estar, consolar, abrazar, alimentar, cuidar. Sentirse tan inútil porque el mundo se cae y tú no tienes palas y sí la pata amarrada a la casa. El llanto, la tristeza se multiplican y te duelen esos que no conoces, esos niños que no viste en el patio de la escuela de tu hija, esas bebitas y bebitos, esos esposos, esas amigas, novios, madres, tías, hermanas y hermanos ajenos y a la vez tan tuyos, tan raza tuya.

    Mamá llegaba al otro día, una parte de mí anhelaba verla y la otra tenía mucho miedo. Quería llamarle y decirle mami quédate allá, quédate a salvo, acá sí cruje la tierra, acá todo brinca, acá estás en riesgo.